La pausa del turista

Viajamos y en cada viaje nos agotamos haciendo cosas que jamás nunca hacemos en nuestra ciudad ni en nuestra rutina. Parte de esa novedad es maravillosa porque nos despierta y nos alimenta el alma. No quiero negarlo. Solo quiero hacer una pausa.

Apúrate. Tienes que subir al mirador de “esa” iglesia. Apúrate. Solo tienes 10 días de vacaciones. Apúrate. Los niños quieren ir al baño. Apúrate. No puedes perderte la “más importante” exposición de todos los tiempos. Apúrate. Al que madruga, Dios lo ayuda. Apúrate porque nos quedan 12 minutos para llegar a la estación de trenes. Apúrate porque el desayuno es de 8 a 10. Y no olvides probar el panecillo aquel y ese otro dulce también… y, a ver, ¿dónde está el cajero automático? ¡Qué angustia! Necesitamos efectivo asi es que apúrate pero espérame que me duelen los pies. Corre que el Guía no nos esperará y, por cierto, ¿Cargaste el celular? Sigue caminando pues me dijeron que en la otra calle hay un lugar imperdible, pero antes, espera, ¿conseguiste conexión al wifi? Ahhhh!

¡Qué lindo es viajar! ¡Qué afortunado soy! Viajamos porque es un placer. Lo merecemos como vacaciones o como premio o incluso sin importar la excusa. Viajamos y en cada viaje nos agotamos haciendo cosas que jamás nunca hacemos en nuestra ciudad ni en nuestra rutina. Parte de esa novedad es maravillosa porque nos despierta y nos alimenta el alma. No quiero negarlo. Solo quiero hacer una pausa.

Así es: hoy me quiero detener en lo que parece una contradicción del viaje: la pausa. Más específicamente, hoy quiero abrir el club, asociación o grupo de apoyo formal a la pausa del turista.

Ser turista parece ser sinónimo de movimiento constante, de apuros y urgencias; de ampollas en los pies, de carreras y correderas por llegar a tiempo a decenas, sino cientos de lugares que nos autoimponemos como necesarios, imperdibles o, como dicen los franceses, como “incontournables”. El movimiento del turista tiene cierto frenesí angustioso por rentabilizar al máximo los (en general pocos) días de vacaciones. Todos caemos (aunque vamos aprendiendo con el paso del tiempo) en querer “verlo todo y en el menor tiempo posible”. Nos levantamos a horas ridículamente tempranas, incluso de noche, para llegar antes a aquellas odiosas filas turísticas o no aprovechamos nuestro alojamiento tanto como debiéramos, después de todo el cuidado que pusimos por encontrarlo.

La pausa es hacer y deshacer

No quiero dar lecciones de ética viajera ni profundizar en filosofías baratas sobre la necesidad moderna de descansar. Quiero que sepan que si les hablo de la pausa del viajero es porque yo misma estoy aprendiendo de ella, como alguna vez aprendí las maravillas de la siesta. Soy de aquellas personas demasiado curiosas por todo a las que les cuesta mucho no tener 40 panoramas, aunque la mitad de ellos sean vagar por ciertos barrios o sectores. Estar alerta todo el tiempo y ser interpelada por cada muro, sonido, vitrina, pajarito, riachuelo, probable foto o por el Restorán más famoso del área es…agotador.

La práctica hace al maestro, dicen.

Como todo cambio de hábito, la pausa hay que practicarla. No siempre llega sola o, al menos, no le hacemos caso. Les decía que la pausa no viene sola, hay que practicarla y adoptarla. Mi consejo es que no lo pensemos dos veces. Si surge la oportunidad, tomémosla. Si estamos de viaje y no nos antoja realmente levantarnos a las 7, no lo hagamos. O si pasamos por un café y nos dan ganas de sentarnos a ver la vida pasar, hagámoslo y ya. Si queremos quedarnos disfrutando del hostal, hotel o súper crucero, y no dar un paso más, no nos forcemos. Al final, estaremos haciendo “algo” pero a otro ritmo.

La pausa no es no hacer nada. La pausa rompe la rutina del viaje y es un asunto más profundo que solo detenernos. Yo hablo de detener la angustia de verlo todo y descansar un momento dedicándolo a nada o a otras ocupaciones nada de urgentes como podría ser respirar profundo en el primer lugar que se nos ocurra, pero también conversar con los lugareños o escucharlos conversar, leer el periódico local, poner todos tus sentidos en el sonido del mar o en las texturas de un muro; revisar los WhatsApp, escribir postales o cartas o aprovechar de llamar a alguien querido por teléfono para conversar. Te invito incluso a mirar y chequear el mapa de papel o el mapa digital e ir preparando el siguiente día de tu viaje.

Te invito, yo, la más móvil, a quedarte un rato haciendo solo una cosa. Le llaman mindfulness, le llaman meditación…no le pongas nombre. Solo detente un rato. Cambia la rutina del viaje. Descansa del imperativo a veces absurdo que quizás tú mismo te impusiste, de tener que conocer un lugar en pocos días. Hazte dueño de tu viaje y, por supuesto, continúa viajando.

¿Viajar para otros o viajar para mí?

Al final, esta es la cuestión: ¿viajamos para otros, como si nos quisiéramos mostrar en una vitrina? ¿Todo esto, además, amplificado por el efecto compulsivo de las redes sociales? ¿O viajamos para nosotros mismos, sin espejos, sin más espectadores que nuestros instintos y las gentes que vamos encontrando en el camino? El desequilibrio está ahí…

Y nosotros, como viajeros o como turistas, somos los malabaristas en busca del equilibrio personal.

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